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Eneko Astigarraga - jueves, 6 de junio de 2013
Del casco, hasta las orejas
El casco es la gran excusa demagógica para demostrar que se está a favor de la protección del ciclista.
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Nos estamos albardando de tal manera con discursos más o menos maniqueos y más o menos justificados sobre la conveniencia o no de hacer el casco obligatorio o recomendable, que la cosa empieza a no tener sentido. Es tal la obsesión colectiva por opinar y es tal el enquistamiento de las posiciones que se está empezando a perder la perspectiva del tema hasta límites inimaginables. Todo el mundo tiene una opinión más o menos formada al respecto, y, el que no la tiene, la improvisa.

El casco es la gran excusa demagógica para demostrar que se está a favor de la protección del ciclista. Da igual que se ignore cuál es el verdadero peligro que corre el ciclista para conservar su integridad. Sirve para obviar la implicación de los coches en la práctica totalidad de accidentes mortales o muy graves. Sirve para eludir el tema de la circulación ciclista en perpendicular al tráfico rodado, con las consecuencias fatales en las intersecciones entre ambos. Sirve para demostrar la irresponsabilidad y la falta de autoprotección que demuestra el colectivo ciclista. Sirve, en definitiva, para culpabilizar y responsabilizar a los ciclistas de la peligrosidad y del riesgo de la actividad que practican.

Así alcaldes, concejales, representantes políticos, periodistas, médicos, expertos en seguridad vial, autoescuelas, compañías de seguros, juristas y personas anónimas con tiempo y ganas de participar en debates más o menos gratuitos se han puesto a desollar a los ciclistas porque no quieren cumplir las normas, aunque estas no estén escritas ni se vayan a escribir. Hay quien es tan atrevido que es capaz de declarar públicamente que no va a ser él el que le quite el casco a ningún ciclista porque no quiere asumir las consecuencias de ello. Tremendo.

Creo que la cosa ha cobrado un cariz tan enconado que la mayoría de los que osan hacer interpretaciones y tomar posiciones sobre el asunto acaba argumentando lo imposible y acaba yéndose por los cerros de Úbeda diciendo cualquier barbaridad, entre las que no suelen faltar las que empiezan por "es que los ciclistas..." y siguen con cualquier tipo de queja y consiguiente exigencia. No tiene solución.

El mayor problema es que un tema que hasta la fecha se había mantenido en más estricto plano técnico entre los implicados (DGT, Mesa de la Bicicleta y algunos expertos) pero que de un día para otro ha pasado a formar parte de la comidilla de conversaciones, tertulias, artículos de opinión y salidas de tono. La gente está despistada, no sabe a qué atenerse y acaba, como suele pasar en estos casos, en lugares comunes: el carril bici, el peligro del tráfico, la invasión de las aceras, la caída tonta, los niños, los ancianos y toda esa sarta de sandeces que la ignorancia es capaz de argüir.

Ya da igual si el casco es recomendable o es obligatorio. Ya da igual si la ley está escrita o es una mera proposición. Ya da igual si hay cascos homologados o cualquier casco vale. Ya da igual si nadie lleva el casco bien ajustado. Ya da igual. La cosa es tan estridente y tan descabellada que lo importante se ha quedado a un lado. Todo esto estaba dirigido a promocionar y facilitar el uso de la bicicleta como medio de transporte ¿o no?
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